INFORMAR


PERIÓDICO VIRTUAL SOBRE LA FACULTAD DE JURISPRUDENCIA Y CCPP DE LA UNIVERSIDAD CENTRAL
INFORMA SOBRE LAS ESCUELAS DE: DERECHO, SOCIOLOGÍA Y TRABAJO SOCIAL.

lunes, 10 de enero de 2011

El arte de vender caramelos.


Cuando el juego entre los astros culmina se alcanza a divisar  el monumento que se encuentra en el costado derecho de la  selva pavimentada, la rigidez y dureza características que se apoderan de casi toda la plaza hacen de ella inhabitable.
Eso sin referirse al olor nauseabundo del sitio y su aspecto cieno. Por la antigüedad y estructura casi perdida  había quedado reducido solo para mendigos.
El sitio más privilegiado por los visitantes nocturnos que se quedan hasta el día siguiente es una silla de madera que todavía se encuentra en buen estado.
La disputa por aquella reliquia que abriga el cuerpo del ganador es diaria aunque siempre el cuerpo que reposa y rebosa en la silla pertenecía a un hombre. La suerte de obtener la silla  se debía a su aspecto tenue, oculto, de belleza rara por que  en el lumbral de su frente  le faltaba un ojo, pero nunca alrededor de sus labios una sonrisa.
Las personas no se le acercan por que le tienen miedo. Cuando lo ven se persignan como si vieran un mal presagio y apresuran el paso, nadie es capaz de hablarle solo su hija que hasta ahora le lleva alimento.
Nunca imagine que esa mañana conocería el arte de amar, vivir y vender.
Son las 6:50. Camino apresurada junto a un torbellino de estudiantes pues las clases inician a las 7:00.
Siempre encuentro en mi camino al imponente edificio de la Facultad de Jurisprudencia. Su mural y portentosa estructura distraen a los caminantes. De pronto atisbo en uno de sus recovecos la pequeña figura de una mujer rodeada de un arte único.
El ambiente es frio al igual que el semblante de cada estudiante. Sin embargo, aquella mujer entre sus gruesos ropajes abriga una cálida simpatía.
Aun sin conocerla, me acerco a ella y pido algunos dulces. Inmediatamente interrumpe una muchacha “¡Moniquita véndame un tabaquito rapidito que me atraso a clase!”, dijo la joven mientras ya se encontraba en las gradas de la Facultad. “¡Ya sabe doña, a lo que salga le pago!”, expresó la voz que se perdía entre la multitud.
Enseguida aquella señora que, ahora sé, se llama Mónica me rebela sonriente que se parecía a ella cuando era joven. Eternamente apresurada en compañía de amigos y un buen tabaco para evitar la soledad.
Las reminiscencias de esos días se avocan en su mente. Recuerda cada mañana el martirio que sufría mientras su profesor le solicitaba el deber que, paradójicamente, nunca llagaba completo. “Es que a mí me gustaba mucho hacer varias cosas a la vez, y así jamás prestaba atención a clase”, dijo Mónica en tono nostálgico.
Mas, en su juventud los problemas jamás terminaron puesto que al intentar alcanzar la belleza obtuvo más problemas en casa, ya que dejaba de comer para adelgazar.
Ya siendo una mujer liberada esperaba el amor de su madre. Para que al aceptar las decisiones de su vida lograra reivindicar la misma.
Con una expresión melancólica retorno a la realidad: el puesto de trabajo que desde hace 18 años lo heredo de su madre. Quien trabajo en él 43 años desempeñando el mismo arte de vender caramelos.
Tras su mediana estatura, rostro de tés morena y profunda mirada se manifiesta aquel carisma que logra satisfacer a los apresurados compradores.
“Una buena golosina siempre alegra la vida de los muchachos que a veces se consuelan en este puesto después de perder en alguna materia o terminar con la novia”, dice Mónica. Con caramelos, confites, papas enfundadas, cigarrillos, colas, aguas, chicles y algunas golosinas más, logra que la vida de los jóvenes entre esas frías aulas sea más llevadera.
Interrumpió nuestra conversación el saludo afectuoso de una niña de ropas raídas y mirada nostálgica. Pensé que se conocían y al ver tanto cariño entre ellas preferí esperar que la pequeña se fuera para preguntarle a Mónica de quien se trataba.
Con tristeza me respondió: “es Ángela. Tiene ocho años y se gana la vida vendiendo caramelos en el parque El Ejido, vive en un barrio muy pobre al sur de Quito. Yo la conozco por que la madre se dedica a comprar botellas para luego comercializarlas con las industrias que la compran”.
Antes de que yo continuara mis preguntas ella me interrumpió diciendo “Sabrá ahora que mi padre es mendigo por las palabras de la niña”. “Ella lo conoce por que a veces lo saluda camino a casa”.
El carácter  de Mónica se ha desarrollado al superar cada obstáculo de su vida. Ni las  largas horas de trabajo, que empieza de 6:30 de la mañana hasta las 8:30, hacen que ella pierda la fé.
Enviudar y ver a su padre en esa situación le hacen pensar que la vida puede ser mala, pues confiesa que el dolor más grande  lo vive al no tener a su lado a los dos amores de su vida.
Mónica refleja características de especial sensibilidad. Una sincera religiosidad y los cuidadosos detalles del bordado que trabaja en sus manos consiguen crear la paciencia necesaria para seguir con su arte.
Desde entonces todas las mañanas camino a clases y paso por el puesto de Mónica. Compro sus caramelos y aprovecho para saludarla. Porque siempre quedo en mí la huella de esa conversación y sobre todo el sentimiento de admiración que sentí al conocer una parte de su historia personal.GFRC

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